¡Vivan los traductores!

Si no fuera por los traductores, es probable que Gabriel García Márquez no hubiera escrito algunas de sus novelas o las hubiera escrito de otra manera y tal vez de forma menos enriquecedora. Él, igual que otros novelistas latinoamericanos, fue influenciado por el gran novelista americano William Faulkner, y gracias a traducciones pudo leer sus novelas. Igualmente, Salman Rushdie pudo leer a García Márquez en inglés. Si no fuera por los traductores, Fiodor Dostoyevsky y Miguel de Cervantes serian casi desconocidos fuera de sus propios países. Sin embargo, la profesión del traductor es de las menos apreciadas y comprendidas. Por algo publicó José Ortega y Gasset en 1937 un ensayo titulado Miseria y esplendor de la traducción.

Edith Grossman, gracias a quien el mundo anglosajón puede leer novelas de García Márquez, Mario Vargas Llosa, Alvaro Mutis, Carlos Fuentes y Antonio Muñoz Molina (su traducción de Beatus Ille fue publicada en 2008 y está traduciendo ahora La Noche de los Tiempos) hace una apasionada defensa de su profesión en un breve y elegante libro, Why Translation Matters (“Porque Importa la Traducción”), publicado por Yale University Press.

Yo dedico varios meses del año a traducir textos de alto perfil para el Grupo Santander, como su Memoria, y aunque no hago la más mínima comparación entre traducir textos literarios y textos financieros, si puedo compartir el sufrimiento de Grossman y, a veces, el esplendor (este último ocurre cuando uno logra entrar en la cabeza del escritor y “encuentra la forma de contar el trabajo en inglés”).

Grossman, cuya traducción del español del siglo XVII de Don Quijote al inglés del siglo XXI es una maravilla, critica fuertemente a las editoriales anglosajonas por publicar muy pocas novelas en versiones traducidas (entre el 2 y el 3% de todos los libros publicados cada año en los Estados Unidos y el Reino Unido en comparación con el 25-40% en América Latina y algunos países de Europa Continental) y a los críticos de libros por despreciar el papel del traductor. “Están orgullosos de alabar el estilo del autor sin mencionar una sola vez el hecho de están refiriéndose a la escritura del traductor — a no ser que no les guste el libro o el estilo del autor y entonces la culpa se traslada a los hombros del traductor.” En poner su nombre en la portada de las novelas que ella traduce (estipulado en sus contratos), Grossman ha ayudado a mejorar la estima de la profesión del traductor.

Grossman cita a Ralph Manheim, otro gran traductor (entre otras obras, de algunas novelas de Günter Grass), quien dijo que “los traductores son como actores que interpretan al autor como si éste supiera hablar inglés” (este ha sido mi objetivo). Ella describe con brillantez la compleja tarea de transformar una novela en español a otra en ingles. “La innegable realidad es que el trabajo se convierte en el del traductor (a la vez que se mantiene misteriosamente el trabajo original del autor) cuando nos cambiamos a un segundo lenguaje.”

Los ganadores del Premio Nobel de Literatura que no escriben en ingles tienen una gran deuda con sus traductores porque el inglés es el único idioma en común de los jueces del premio.

Ojalá que un “Edith Grossman” viviera en España para traducir los menús de los restaurantes al inglés. Desde hace años mi mujer y yo coleccionamos menús mal traducidos. Una vez en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la versión inglesa de pinchos variados aparecía en el menú como various pricks (¡literalmente pollas variadas!); en otro restaurante vimos rape a la marinera traducido como rape the sailor’s way (¡violación al estilo de los marineros!) y hace poco en Barcelona entre los postres vi mouse of hazelnuts with galletas maria and mounted scum, como traducción de mousse de avellana con galletas maría y espuma montada. Opte para probar el ratón de avellana con galletas maria y escoria montada.
http://www.elimparcial.es/sociedad/vivan-los-traductores-64386.html

Desconfianza

España esta entrando en aguas turbulentas e inexploradas. Tiene que afrontar un duro plan de ajuste a la vez de una clase política crecientemente polarizada e incapaz de ponerse de acuerdo sobre ninguno de los grandes problemas estructurales (el sistema educativo, judicial y de autonomías y el mercado laboral, entre otras). España tiene que ser el único país europeo donde tanto el Presidente del Gobierno y el líder del principal partido de la oposición (y por ende un posible presidente) inspiran tan poca confianza. Según una encuesta de Metroscopia publicado este mes, nada menos que el 77% de los encuestados tienen poca o ninguna confianza en José Luis Rodríguez Zapatero y el 82% en Mariano Rajoy.

Estos resultados no sorprenden. Un presidente que hasta una semana antes de tomar las medidas anticrisis pensó que no fueron necesarias y un potencial líder de un gobierno alternativo quien durante meses estuvo pidiendo recortes drásticos y al anunciarlos Zapatero optó por un discurso de oposición total, y sin presentar sus propias medidas, no inspiran confianza. Un país es como una familia. Cuando tiene un déficit presupuestario demasiado alto o se cortan los gastos o se suben los ingresos (en el caso de una nación aumentando los impuestos, combatiendo el fraude fiscal, que sigue siendo alto en España, o privatizando empresas estatales). Esta última opción se puede descartar porque queda poco significativo para privatizar salvo empresas como RENFE. Y privatizarlo sería un desastre: basta ver el caótico y deteriorado sistema de ferrocarriles en el Reino Unido, privatizado por el partido conservador de John Major durante los años 90.

Mientras Esperanza Aguirre recoge firmas contra la subida del IVA al 18% en julio, en Portugal (también con un Gobierno socialista) se va a subir este impuesto hasta el 21% con apoyo de la oposición conservadora. El país vecino que muchos españoles desprecian está dando una lección. Encima, Dolores de Cospedal ha puesto en marcha una ofensiva con mociones del Partido Popular en todos los Ayuntamientos y comunidades para oponerse a la congelación de pensiones, y en las Cortes el PP pidió la dimisión de Celestino Corbacho, el ministro de Trabajo. ¡Vaya irresponsabilidad y demagogia! Más irresponsable es el Gobierno por haber reaccionado tan tarde, como si España pudiera seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Los especuladores no han creado el déficit. Otros problemas sí.

El PP es el partido que pretende sacar España de sus problemas. Para ganar un mínimo nivel de credibilidad, tiene que presentar su propio plan y detallado para reducir el déficit del 11,2% en 2009 al 3% en 2013, la fecha tope acordada por los Socialistas con la Comisión Europea. No estaría mal reducir ministerios y cortar financiación a sindicatos y partidos, como propone el PP, pero tal es la magnitud del déficit que el impacto de estas medidas seria mínima. Que adopten las reformas propuestas por José María Aznar el 17 de mayo en un artículo en el Financial Times (mercado laboral, reducir el tamaño de las administraciones autonómicos, hacer más viable el sistema de pensiones, etc) — pocas implementadas durante su mandato.

Mientras tanto, el problema más urgente en España, es cómo se va a crear empleo para los 4,6 millones de desempleados con un modelo económico desgastado (excesivamente basado en ladrillo) y los cimientos de un nuevo sin hacer. Ya hay un millón de personas menos trabajando en el sector de la construcción que hace dos años y un millón de casas que no se han vendido. ¿Alguien cree que este sector volverá a ser un motor de la economía (en términos de empleo, no en su aportación al valor añadido por su baja productividad)? Aunque crezca la economía, la tasa de desempleo del 20% no va a bajar hasta por debajo del 10% para años. Este significa bajos ingresos fiscales para el Gobierno y alto gasto social, y un déficit cuya reducción que va poner a prueba la cohesión social y la clase política.
http://www.elimparcial.es/nacional/desconfianza-63898.html

Una visión personal de la Guerra Fría

Ningún libro de historia es absolutamente objetivo, entre otras cosas porque el autor tiene sus propias opiniones, obsesiones y prejuicios que influyen en su interpretación del pasado. La palabra clave en el título del nuevo libro del controvertido historiador británico Norman Stone — The Atlantic and its Enemies: a Personal Account of the Cold War (“El Atlántico y sus Enemigos: un Relato Personal de la Guerra Fría), publicado por Allen Lane, es “personal”. Esto le permite hacer muchas observaciones y opiniones que hacen su libro muy ameno y a veces divertido pero no muy estudioso (a diferencia de la gran mayoría de libros de historia no tiene notas al pie para reforzar sus afirmaciones) aunque sí erudito.

Stone dejo la cátedra de Historia Moderna en la Universidad de Oxford en 1997 para trabajar en la Universidad de Bilkent en Ankara, Turquía, para gran sorpresa de sus colegas. Se desencantó de su país y de su Universidad. Aquí declaro un interés personal porque Stone me ha invitado dos veces a Bilkent y gracias a él he aprendido mucho sobre Turquía (dedica más espacio de lo normal a este país fascinante y clave en la Guerra Fría) y he podido constatar que es un fantástico profesor. Entre sus alumnos estelares británicos están los historiadores Niall Ferguson y Andrew Roberts.

El libro trata de los años 1945-1990. Los héroes de Stone son Charles de Gaulle, Helmut Schmidt, Ronald Regan y Margaret Thatcher (de ella fue su asesor sobre Europa – jugó un papel importante para convencerla de que aceptara la reunificación de Alemania – y redactó sus discursos durante una temporada). Jimmy Carter, en cambio, no es ni mucho menos un héroe. “El régimen de Carter fue el símbolo de la época. Su administración era angustiosamente bienintencionada. Hizo footing; iba de la mano a todos lados con su flaca mujer; rezaba al modo baptista; prohibía fumar donde se podía; enviaba a mujeres mandonas a disertar sobre derechos humanos a lugares donde éstas significaban una afrenta”. A Stone no le importa ser políticamente correcto; todo lo contrario: por decir que no esta probado que la masacre de armenios en 1915 sea genocidio, se ha ganado la ira de la diáspora Armenia.

A veces Stone simplifica demasiado procesos complejos como la retirada del Reino Unido de sus colonias, aunque el resultado es muy entretenido. “La identificación del poder menos desagradable, un miembro secundario de la familia real declara que el nuevo país está en marcha; la bandera británica se arría de lo alto del mástil, el saludo del gobernador llevando un sombrero con plumas de gallo; unas pocas lágrimas aquí y allí, la vieja savia se queda en las escuelas; llega savia nueva; empiezan las danzas nativas; una nueva bandera se iza; se canta un nuevo himno; la maza parlamentaria ceremonial se pasa; comienza el caos.” La descolonización produjo mucho caos en África, pero no, por ejemplo, en Singapur.

Escribiendo sobre Rusia se pregunta cómo es que un país en el que “vivían como perros” fue capaz de poner “un perro en la órbita de la tierra.” Es muy penetrante sobre el modus operandi de los regímenes comunistas en Europa del Oeste y central. Stone, después de graduarse en Cambridge, pasó un mes en una cárcel en Checoslovaquia en 1963 por haber ayudado a alguien intentar a escapar a Austria en un coche.

Se nombra muy poco a España en el libro. Stone menciona correctamente las similitudes entre España y Turquía pero es una lástima que no entre en más detalles. Una de las pocas referencias sobre España trata de la detención de Augusto Pinochet en Londres a petición del juez Baltasar Garzón quien, según Stone, “había servido con bastante fidelidad a un dictador como fiscal jefe” Garzón tenia 20 años cuando murió Franco y aprobó las oposiciones para juez en 1981. Errores aparte, este es un libro original y estimulante.

http://www.elimparcial.es/mundo/una-vision-personal-de-la-guerra-fria-63405.html

¿Otra vez 1974?

El sistema electoral británico -con circunscripciones de un escaño que se atribuye el candidato más votado aunque no logre la mayoría de los votos- está diseñado para producir gobiernos fuertes de un solo partido con mandatos claros. Pero esta vez se ha dado un vuelco. Las opciones son un gobierno de los «tories» de David Cameron pero en minoría porque no lograron la mayoría absoluta en el Parlamento; una coalición de los «tories» y los liberales-demócratas de Nick Clegg; o una coalición de los perdedores entre los laboristas de Gordon Brown y los liberales.

Mientras tanto, los mercados financieros, ya golpeados por la crisis en Grecia, se han puesto aún más nerviosos porque no hay nada peor que la incertidumbre. Todo esto suena a febrero de 1974 cuando las elecciones produjeron un «parlamento colgado» (sin mayoría absoluta) y los laboristas formaron un gobierno que duró solo siete meses. Los nuevos comicios dieron un triunfo más holgado a las laboristas.
¿Algo similar pudiera pasar con Cameron? Es una opción pero sería poco saludable para el desacreditado sistema electoral y la clase política británica (golpeada por el escándalo de los gastos parlamentarios y la crisis económica).

Si algo ha demostrado estas elecciones es que ha llegado la hora para reformar el sistema electoral. Yo, al menos, espero que sea el precio pedido por los liberales para entrar en el Gobierno. En 1997, cuando Tony Blair puso fin a 18 años de poder de los «tories», los laboristas ganaron 418 de los 650 escaños con el 43,2% del voto popular, los «tories» lograron 165 escaños (30,7%) y los liberales 46 escaños (16,8%). Cameron ha puesto fin a 13 años de los laboristas, pero con 306 escaños (el 36,1% del voto) y a 20 escaños de la mayoría absoluta, mientras que los laboristas ganaron 258 escaños (29% del voto) y los liberales 57 escaños (23,0%), lejos estos últimos de las expectativas. Parece que mucha gente cambió su voto a los liberales en el último momento porque quería evitar la inestabilidad de un «parlamento colgado». Los liberales han necesitado una media de casi 120.000 votos por escaño en comparación con los 35.000 votos para los «tories» y los 33.350 por los laboristas.

La ironía es que un sistema proporcional sensato -como Irlanda, no Israel- probablemente hubiera evitado esta situación penosa en mi país.
http://www.abc.es/20100509/opinion-firmas/otra-1974-20100509.html

Cruzando los Andes

Durante la última semana he viajado por la cordillera de los Andes que atraviesa Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Colombia, Perú y parte de Venezuela. He seguido los pasos de Francisco Pizarro y otros conquistadores españoles, Simón Bolívar, una de las figuras más destacadas de la emancipación americana frente al Imperio español, el naturalista Alexander von Humboldt, Charles Darwin y el abuelo de Michael Jacobs, un ingeniero que salió de Inglaterra en 1910 para trabajar en la construcción del ferrocarril entre Oruro y Cochabamba en Bolivia. He subido volcanes y viajado en autobuses, uno de los cuales casi cayó de la Gran Ruta del Inca al abismo cuando se pinchó la rueda más cercana al precipicio. En este viaje lo he pasado pipa, aunque no me he movido de mi sillón.

El nuevo y muy largo libro, Andes (publicado por Granta) de Jacobs, un viajero incansable, es una continuación de su anterior volumen Ghost Train Through the Andes (“Tren Fantasma por los Andes”) sobre su abuelo y, en mucho menor grado, de otro de sus libros, The Factory of Light: Life in an Andalusian Village (“La Fábrica de La Luz: Vida en un Pueblo de Andalucía”, publicado recientemente en español por Ediciones B).

El británico Jacobs, de formación historiador del arte y gran conocedor de gastronomía, llegó a Frailes, un pueblecito muy peculiar de la Sierra Sur de Jaén, en 1999 y desde entonces divide el año entre este lugar y su casa en Londres. Durante su largo viaje por todos los Andes su vida en Frailes le ayudó entender las comunidades rurales tradicionales de América del Sur. Y en momentos de peligro o pánico (en los autobuses o de pasajero en un coche que se metió en una vía férrea porque la lluvia era tan intensa que el conductor no podía ver casi nada y no sabia cuando iba a pasar el próximo tren) la foto de Santo Custodio, el ángel de la guarda del pueblo que lleva en su cartera, le ofreció protección. No es sin motivo que el libro esté dedicado a los conductores de autobuses en los Andes, los “verdaderos héroes de este libro.”

Jacobs tiene una envidiable capacidad de conectarse con la gente en cualquier sitio, sean campesinos o miembros de familias aristócratas en decadencia, y un enorme aguante para trabajar y divertirse de sol a sol. Durante su viaje, entabló amistad con una pareja y aceptó ser el padrino de su hijo. En Quito, siempre siguiendo el camino de Bolívar (el libro cuenta mucha Historia), encontró la Sociedad Bolivariana, cuyo presidente, un general, le invitó a dirigirse a los miembros, una experiencia con la que Jacobs se sintió como si estuviese en “uno de esos sueños en los que te descubres de compras desnudo”. En Lima probó la comida de Gastón Acurio, el más famoso chef de Perú (tiene un restaurante en Madrid) y un importante impulsor de la difusión de la culinaria peruana. Después de probarlo, concluye que la cocina novoandina tiene más futuro que la visión de Bolívar de una unión de los países andinos.

A diferencia de muchos escritores que escriben sobre viajes, como, por ejemplo Bruce Chatwin, que se hizo famoso en 1977 con su libro In Patagonia (“En Patagonia”), el lector no siente que Jacobs distorsione la realidad ni adorne sus experiencias con efectos literarios, aunque no le faltan historias reales, como, por ejemplo, la de un perúano que le contó cómo paso todas sus noches entre los cuatro y los siete años escondido debajo de las tablas del suelo de su casa para evitar ser secuestrado por los terroristas de Sendero Luminoso. Este grupo de tendencia maoísta, fundado por Abimael Guzman en Ayacucho (yo estuve alli en 1983) anunció su existencia durante las elecciones de 1980 colgando perros muertos en varios postes de luz con cartelones que mostraban consignas asiáticas: “Teng Siao Ping, Hijo de Perra”. Sendero Luminoso captó niños para lavar sus cerebros y convertirlos a su causa.

Su viaje termina en Puerto Williams, la ciudad más austral del mundo a orillas de la boca atlántica del canal Beagle. Antes de coger el barco al Puerto Williams, visita Puerto del Hambre, donde el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa fundó la Ciudad del Rey Felipe en 1584 con unos 300 colonos. Este intento de colonización tuvo un trágico fin: sus habitantes perecieron por inanición. Todo lo que queda es un monumento levantado en 1984 y una placa recordando a los valientes hombres y mujeres que habían intentado traer “la presencia civilizadora de España.”
http://www.elimparcial.es/sociedad/cruzando-los-andes-62929.html

El falso drama del gobierno en minoría

¿Sentaría mal a la muy enferma economía británica un gobierno de coalición en un país donde no hay tradición de gobiernos de este tipo? El peculiar sistema electoral británico, con circunscripciones de un escaño que se atribuye el candidato más votado aunque no logre la mayoría de los votos, favorece a los dos grandes partidos, pero tal es el descontento con los laboristas de Gordon Brown y la falta de entusiasmo hacia los «tories» de David Cameron que los liberales-demócratas de Nick Clegg, según los sondeos, podrían captar suficiente escaños como para impedir la reelección de los laboristas o un gobierno conservador de mayoría absoluta.

Cameron ha intentado asustar a los votantes con argumentos del tipo de que la falta de una mayoría absoluta -para ellos, naturalmente- sería un desastre para el país. Ha dicho que esto generaría «incertidumbre, tipos de interés potencialmente más altos y la perspectiva de una bajada en la clasificación del crédito del Reino Unido». Basta ver la situación existente en otros y muy serios países para ver que esta afirmación es una tontería. De los 14 países que disfrutan de la clasificación máxima (AAA) por parte de las tres agencias de rating más conocidas (Fitch, Moody´s y Standard & Poor´s), nada menos que 10 tienen gobiernos de coalición o gobiernos minoritarios, incluyendo Alemania, Canadá, Suecia, Dinamarca, Finlandia y Holanda, y ninguno de ellos ha necesitado la ayuda del Fondo Monetario Internacional.

Un gobierno de coalición, sea de los «tories» o los laboristas con los liberales-demócratas (no veo factible «tories» y laboristas en la misma cama), seróa muy saludable para el desacreditado sistema político británico (golpeado por el escándalo de los gastos parlamentarios) y bueno para la economía. Los problemas económicos (déficit público y nivel de deuda pública aún peores que los de España) son de tal magnitud que hace falta un consenso amplio entre los partidos para resolverlos.

La entrada de los liberales-demócratas en el gobierno también traerá la posibilidad de ofrecer una cartera a Vince Cable, el portavoz económico de los liberales-demócratas y una de las pocas personas en pronosticar la crisis (en 2002, ¡hace ocho años!).
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-04-05-2010/abc/Opinion/el-falso-drama-del-gobierno-en-minoria_140122077951.html

Elecciones en Gran Bretaña: el factor Clegg

Mis compatriotas van a las urnas el 6 de mayo y cualquier opción está abierta. El partido laborista de Gordon Brown lleva 13 años en el poder y está gastado; hay poco entusiasmo para los conservadores de David Cameron quienes no han podido capitalizar el descontento sobre los laboristas y ofrecer medidas convincentes para levantar una economía muy enferma, y los liberales-demócratas de Nick Clegg están en ascenso pero el peculiar sistema electoral británico, con circunscripciones de un escaño que se atribuye el candidato más votado aunque no logre la mayoría de los votos (conocido como first past the post), no los favorece. Consecuentemente, según las encuestas, ningún partido logrará una mayoría absoluta y se refuerza la posibilidad de un Gobierno de coalición en un país donde no hay tradición de gobiernos de este tipo entre laboristas y liberales o un ejecutivo conservador minoritario.

El nerviosismo de los conservadores, ansiosos por regresar al poder (gobernaron el país entre 1979, con la victoria de Margaret Thatcher, y 1997 con la derrota de John Major) se refleja en una sucia campaña mediática en contra de Clegg en la prensa de derecha, después de brillar en el primer debate televisado en la historia de las elecciones británicas. Lo ganó, sin discusión y esto provocó un inmediato aumento de sus expectativas de voto en los sondeos. Clegg, muy hábilmente, ha aprovechado del descontento de los votantes con los laboristas y los conservadores (ambos mucho más tocados por el escándalo de los gastos parlamentarios que los liberales) y del desprestigio de la clase política, en general, y se ha hecho líder del partido antipolítico y del cambio en el estatus quo. Ha logrado que los laboristas y los conservadores (aún bajo la sombra de Thatcher) parezcan como los partidos de ayer y su partido el del mañana. Pero Clegg (casado con una española) tiene muy difícil conseguir la mayoría absoluta porque el sistema electoral beneficia a los dos partidos grandes.

Los Tories han intentado asustar a los votantes con argumentos del tipo que la falta de una mayoría absoluta — para ellos, naturalmente — y un gobierno de coalición sería un desastre para el país. Cameron dijo que esto generaría “incertidumbre, tipos de interés potencialmente más altos y la perspectiva de una bajada en la clasificación del crédito del Reino Unido.” Como bien dijo Chris Huhne, un destacado miembro de los liberales-demócratas, esta afirmación es una tontería porque de los 14 países que disfrutan de la clasificación máxima (AAA) por los tres agencias de rating
más conocidos (Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s) nada menos que 10 tienen gobiernos de coalición o gobiernos minoritarios incluyendo Alemania, Canadá, Suecia, Dinamarca, Finlandia y Holanda, y ninguno de ellos ha necesitado la ayuda del Fondo Monetario Internacional.

Lo que esta pasando en el Reino Unido tiene resonancia en España. Rosa Díez, diputada nacional y portavoz de UPyD, es lo más parecido a Clegg. Representa una tercera vía entre el Partido Popular y los Socialistas, y también está luchando para cambiar el sistema electoral. Según su criterio, el sistema electoral es de una profunda inequidad en beneficio de los dos grandes partidos y en perjuicio de las minorías nacionales. El tamaño de los distritos y la asignación de un mínimo de representación (dos escaños) a todas las provincias, dan lugar a llamativas diferencias de coste entre escaños muy “baratos” (por ejemplo, el PSOE obtiene el segundo escaño de Teruel con un cociente electoral de 19.308 votos) y otros “caros” (el único escaño de Izquierda Unida por Madrid le “cuesta” 164.565 votos). En cambio, este sistema ha permitido la formación de gobiernos estables desde 1977 (10 elecciones generales) y todos han podido acabar sus mandatos salvo en 1982 (implosión de UCD) y en 1996 (crisis económica y corrupción en el PSOE).

Ningún sistema electoral es perfecto y completamente justo. El español es mucho más justo que el británico. El Partido Laborista tuvo en el último Parlamento el 55% de los escaños con el 35% de los votos.

El problema en España es que la provincia sea el distrito electoral (sus poblaciones varían mucho). ¿Vale la pena cambiarlo? Como bien dice José Ignacio Wert, experto en temas electorales, “bastantes querellas interterritoriales tenemos ya como para inventarnos una nueva.” Y, encima, dificultaría la formación de gobiernos estables.

El sistema electoral en España, o algún otro sistema proporcional, sería sano para el Reino Unido y mejoraría mucho las posibilidades de victoria para los liberales- demócratas. Menos seguro sería el impacto positivo del sistema electoral británico en un país tan polarizado como España.
http://www.elimparcial.es/opiniones_autor/3515.html