Mi discurso en la entrega del Premio Arturo Barea en Badajoz

Es un privilegio y un honor haber sido invitado a intervenir en este acto que conmemora la figura de Arturo Barea, nacido en Badajoz hace 120 años y muerto hace 60 en Inglaterra, mi país de origen. Algunos de ustedes probablemente se están preguntando, ¿qué hace un inglés con pinta de pirata, de vikingo, promoviendo la figura de Arturo Barea y, además, con un deplorable acento, a pesar de mis muchos años viviendo en España? Espero contestaros con este discurso.

Descubrí la existencia de Barea en la serie de televisión sobre La forja del rebelde en los años 90, y me quedé fascinado por la vida del autor. Al indagar en su vida descubrí, años después, que había vivido de niño en un pueblo en la campiña del condado de Oxford, bastante cerca del hogar de Barea en Faringdon, donde el autor vivió la mayor parte de sus 18 años en el exilio, casi la mitad de su vida adulta y tantos años como tiene el premio que lleva su nombre.

Encontrar su lápida conmemorativa se convirtió en mi obsesión cuando fui a visitar mi madre en Oxford. En 2010, finalmente encontré la lápida muy deteriorada, levantada en el anexo del cementerio de la Iglesia de Todos los Santos en Faringdon por una íntima amiga en los años 70, después de la muerte de Ilsa, la mujer austriaca de Barea. Las cenizas de Barea fueron esparcidas allí.

Decidí restaurar la lápida como un gesto cívico para honrar su memoria. Pedí presupuesto y consulté a varios amigos escritores y admiradores incluyendo Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo y Javier Marías: 23 euros por barba y la lápida luce mejor en el mismo lugar. Pero contiene un error: dice que Barea nació en Madrid. Como ustedes saben nació en Badajoz. Se fue a Madrid con su madre y tres hermanos cuando su padre murió poco después de su nacimiento.

En 2013, el mismo grupo colocamos una placa en la fachada de su pub favorito en el centro de Faringdon.

Me parecía absurdo que Barea fuera mejor recordado en su país de exilio que en su país de origen. Así que junto con dos amigas, en diciembre de 2015, pedimos al Ayuntamiento de Madrid un reconocimiento de Barea, y en marzo de este año Manuela Carmena, la Alcaldesa, inauguró La Plaza Arturo Barea en Lavapiés, el barrio donde se crió.

Los tres pusimos como condiciones para la Plaza, que se han cumplido, tener el apoyo de los cuatro partidos, porque consideramos que Barea es de todos y no de algunos, y que no se quitara un nombre para poner otro.

Que esta Plaza lleve el nombre de Barea, me parece algo increíble porque no tenía una denominación previa registrada en los archivos municipales, y es como si la plaza estuviera esperando para llevar su nombre algún día. Encima, a pocos metros de esta plaza están las Escuelas Pías, el colegio al que asistió Barea hasta los 13 años, y que vio como ardía en 1936.

Espero que este año el Ayuntamiento de Madrid instale una inscripción en su memoria en la fachada de lo que fueron las Escuelas Pías. Habrá, además, una exposición sobre su vida y su obra en el Instituto Cervantes de Madrid a partir del 13 diciembre y durante dos meses, de la cual soy el comisario y basada principalmente en mi archivo.

Bueno, he explicado mi interés por Barea. Ahora me toca hablar de Barea en Inglaterra, la parte menos conocida de su vida. La exposición en Madrid se llama “La ventana inglesa” y ojala pudiera venir a Badajoz.

Barea y Ilsa desembarcaron en Inglaterra en marzo de 1939, el mismo mes en que se produjo la derrota de la República. Barea estaba, según sus palabras, «desposeído de todo, con la vida truncada y sin una perspectiva futura, ni de patria, ni de hogar, ni de trabajo […] rendido de cuerpo y de espíritu». Pero bajo el brazo llevaba el manuscrito del primer libro de la trilogía, La forja de un rebelde. Tenía los nervios tan destrozados que, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial en septiembre de ese mismo año, vomitaba cada vez que sonaban las sirenas antiaéreas, al recordarle los bombardeos de Madrid durante la Guerra Civil. Barea se sentía a gusto, aunque en algún momento pensó en emigrar a México. “Más de lo que esperaba y más de lo que parecería previsible en un español, me aficioné a la vida inglesa en seguida, y me enamoré de la campiña inglesa”, con la excepción de “este maldito tiempo inglés”, escribía.

Los primeros años de Barea en el exilio fueron muy fructíferos. En agosto, pocos meses después de aterrizar en Inglaterra, la revista inglesa The Spectator le publicó el relato, A Spaniard in Hertfordshire (Un español en Hertfordshire), en el que comparaba su nueva vida bucólica con la de España: «Las dos personas que más me asombraron por representar el contraste más perfecto con lo que era habitual en España fueron el policía local y el párroco del pueblo. El cartel que decía Policía de Herts me convenció, pero el joven alto y de rosadas mejillas me parecía salido de un cuento: hasta que no le vi con el uniforme completo en su bicicleta (¡en su bicicleta!). Y seguía pensando en la sombría Guardia Civil sobre sus caballos negros, con sus tricornios y siempre en pareja porque cuentan con el odio sempiterno de todo el campo. Uno no puede imaginarse que se quiten el uniforme ni para dormir».

En junio de 1941, fue publicado su Struggle for the Spanish Soul (La lucha por el alma española), un estudio sobre las raíces históricas y la realidad económica del fascismo español. El manuscrito mecanografiado y la primera prueba se perdieron cuando las bombas alemanas arrasaron la imprenta que la editorial tenía en Plymouth. En una carta, su editor instaba a Barea a remitirles urgentemente un duplicado del libro. Por fortuna, Barea había conservado una copia.

La forja fue publicada en inglés en 1943; y ese mismo año le siguió The Track (La ruta), sobre la guerra colonial en el Marruecos de los años 20, y en 1946 The Clash (La llama), que se centró en la Guerra Civil. Todas las obras de Barea fueron traducidas al inglés por su mujer Ilsa, quien dominaba cinco idiomas, y se editaron en inglés muchos años antes que en español. La forja de un rebelde no fue publicado en España hasta 1977, dos años después de la muerte de Franco. Las ediciones publicadas en Argentina y México en los años 50 circularon en España de forma restringida y clandestina, pasando de mano en mano.

En el prefacio a la edición inglesa de La ruta, Barea explicó la razón de ser de la trilogía: «Quería descubrir cómo y por qué he llegado a ser el que soy; quería comprender las fuerzas y las emociones que están detrás de mis sentimientos y acciones actuales. Traté de encontrarlas, no por medio del análisis psicológico, sino evocando las imágenes y las sensaciones que alguna vez vi y sentí, y que más tarde fui absorbiendo y retocando inconscientemente».

En 1944, Barea publicó un estudio pionero, Lorca: the poet and his people (Lorca, el poeta y su pueblo). En 1945, le siguió un folleto titulado Spain in the Post-War World (España en el mundo de la posguerra), en el cual abogaba por el derrocamiento del régimen de Franco por parte de los aliados y su sustitución por una república; en 1951, publica una novela, The Broken Root (La raíz rota), que es un especie de secuela de The Forge, pues trata las consecuencias de la Guerra Civil dentro de España y el dolor del exilio; y en 1952, un pequeño estudio sobre Miguel de Unamuno. Barea, a diferencia de Antolín —el protagonista de la novela, que también tenía pasaporte británico como el autor (se le concedió en 1948)—, nunca regresó a España.

A Barea se le conoce sobre todo por La forja de un rebelde (publicado en diez idiomas). Las ventas de Barea entre 1948 y 1952 lo convirtieron en el quinto autor español más traducido del mundo, después de Cervantes, Ortega y Gasset, Lorca y Blasco Ibáñez, según la Unesco. También alcanzó la fama por las 856 charlas semanales de 15 minutos que dio para la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC —y que se emitieron desde 1940 hasta un día antes de su muerte en 1957—, bajo el seudónimo de Juan de Castilla, con el que quiso proteger a su familia en España. La BBC no conserva ninguna de estas grabaciones: se supone que fueron destruidas por razones de espacio.

Durante la Guerra Mundial, sus charlas tenían como propósito propagandístico contrarrestar la propaganda de los nazis en América Latina. Barea daba una visión muy favorable del país, tal vez por haber sido recibido con los brazos abiertos. Algunas de las charlas de Barea se centran en La Tabernita de Frank, que no existía. La Tabernita incorpora elementos de varios lugares, en particular de su pub favorito en Faringdon, The Volunteer, donde está la placa en su honor.

Barea vivió los últimos diez años de su vida en las afueras de Faringdon en una casa situada en la finca de lord Faringdon, quien se la alquiló sin electricidad (se iluminaba con lámparas de aceite) en unas condiciones muy favorables. Este excéntrico aristócrata, miembro del Partido Laborista y partidario de la República, había convertido su Rolls-Royce en una ambulancia que, en 1937, condujo hasta el frente de Aragón para usarlo como hospital de campaña. De regreso, y en mayo de ese año, dio cobijo a un pequeño grupo de los casi 4.000 niños vascos evacuados en el barco Habana a Inglaterra, después del bombardeo de Guernica. Es el grupo más grande de refugiados que se haya acogido nunca de una sola vez en Inglaterra. La placa colocada en el pub la diseñó mi amigo Herminio Martínez, quien había viajado en el barco a los siete años de edad.

Gran parte del material para las charlas en la BBC estaba inspirado por la gente que Barea conoció en los pubs. La experiencia en los pubs le ponía en contacto con las clases populares y le daba la oportunidad de preguntar sobre sus vidas. En sus charlas, Barea comentaba aspectos sociales, políticos y económicos de la vida inglesa. En una de ellas, titulada Cuestión patriótica, hablaba sobre su solicitud de ciudadanía británica: «El primer acto de Inglaterra para mí fue abrirme sus puertas, simplemente porque era un desgraciado sin patria por defender ideales de humanidad y fraternidad dentro de una comunidad libre que había perdido su libertad por la violencia. El segundo fue ayudarme en mi miseria. El tercero fue darme un puesto en la lucha que este mismo país entabló seis meses después de mi llegada por defender sus propias libertades contra los que, al igual que rigen hoy en mi país de origen, pretendían regir el mundo entero. Me sentí hermano entre ellos y me trataron como hermano suyo».
A Barea le gustaba cocinar y tenía un fino sentido del humor. David Buckle, un sindicalista inglés conocido de Barea durante los años 50, me contó que fue invitado a comer calamares en su tinta durante la primera visita a su casa. No pudo comerlos por el aspecto físico. La siguiente vez que fue invitado, Barea le puso una venda en los ojos antes de sentarse a comer. Pasados unos minutos, le preguntó si le gustaba la comida y dijo que sí, le hizo quitarse la venda y pudo ver en el plato los calamares en su tinta.

Un artículo del periodista británico George Pendle en 1952 sobre la literatura española provocó una queja de «las autoridades culturales de Madrid» por haber dicho que Barea era un escritor español: «Esa gente me informa de que usted ya no es un escritor español, del mismo modo que Conrad no es un escritor polaco», escribió Pendle a Barea, «me dicen que usted dicta a su esposa (en una lengua que evitan precisar) y que, a continuación, ella traduce sus pensamientos al inglés. Con su permiso, me gustaría refutar esa declaración oficial».

Barea e Ilsa se sentaban a trabajar juntos en una mesa grande de roble con lámparas de aceite colgadas del techo, Barea escribiendo en español, Ilsa traduciéndolo al inglés. Barea usaba una Underwood, una voluminosa máquina de escribir con teclado inglés, y tenía que marcar a mano todos los acentos. Arturo e Ilsa fumaban tanto que las paredes de la habitación estaban ennegrecidas por el humo.

En 1952 fue invitado por el Pennsylvania State College en Estados Unidos a dar clases de literatura española durante seis meses, todo un logro para un autodidacta que había dejado el aula con 13 años.
Los oyentes votaron muchas veces a Barea como el locutor más popular del servicio de América Latina. El éxito de las charlas fue tal que la BBC le envió en 1956, un año antes de su muerte, de gira durante cincuenta y seis días por Argentina, Chile y Uruguay, donde dio múltiples conferencias y entrevistas, y asistió a numerosas recepciones y firmas de libros. Durante la gira, en la propaganda contra Barea publicada por los partidarios de Franco se le denominaba Míster Arthur Barea (Beria) —deformación deliberada de su apellido tomando como una referencia al jefe de seguridad de Stalin— y que apuntaba al supuesto pasado de Barea como comunista. Pero Barea nunca fue comunista.

Barea murió de un infarto de miocardio en su casa, el 24 de diciembre de 1957, sin haber vuelto a ver a ninguno de sus cuatro hijos, los que tuvo de su matrimonio frustrado con Aurelia Grimaldos, su primera mujer,ni a sus tres hermanos, salvo Concha, que lo visitó en Inglaterra. Su hermano Miguel fue detenido después de acabada la Guerra Civil, acusado de «auxilio a la rebelión», juzgado y condenado a veinte años y un día. Murió en la cárcel de Ocaña (Toledo) en octubre de 1941.

El archivo personal de Barea, en manos de una sobrina, fue donado este mes a la Biblioteca Bodleian en Oxford.

Los hijos de Barea permanecieron en Madrid tras la guerra hasta que lograron instalarse en Brasil en los años 50. Unas cartas de Barea a su hija Adolfina, que llegaron a mis manos, ahondan en el desgarro familiar: «En toda esta historia existe el desastre de vuestras vidas; pero la mayor culpa de este desastre ha sido ajena a mí. Ha sido causada por la Guerra Civil, primero, por la guerra en Europa, después, y también en gran medida por la ceguera y el rencor que impidió que al menos alguno de vosotros se reuniera conmigo», escribe el 2 de agosto de 1956.

Cuando murió, Ilsa mandó un telegrama a su hija Adolfina, seguido por una carta el 25 de diciembre, en la que explicaba que «la noche del 23 al 24 se le agudizaron mucho las molestias de la vejiga. Media hora después, hacia las tres, sintió una gran opresión en el pecho. No tardó diez minutos. Se murió agarrándose a mí, en mis brazos, de trombosis coronaria —que es un fin rápido, gracias a Dios, y no de sufrir prolongado».

Años después de la muerte de Barea y de Ilsa en Viena en 1973, una amiga íntima del matrimonio, Olive Renier, les levantó una lápida conmemorativa en el cementerio. «Hice construir una lápida», escribió Renier, «porque no podía encontrar palabras para expresar mis sentimientos hacia ellos. Su destino fue un símbolo de las gigantescas pérdidas que sufrió su generación: el drama de España, el de los judíos, el de la socialdemocracia en Alemania, Italia, toda Europa…».

Date
November 9, 2017